A veces comienzo un texto llena de entusiasmo y, a los tres párrafos, la vieja voz regresa:
“No eres una escritora de verdad. Nunca lo serás”.
Antes, apenas la escuchaba, lo borraba todo. Me sentía frustrada, enojada conmigo misma por no hacerlo mejor. Hoy sé reconocer ese mecanismo: se llama síndrome del impostor. Esa sensación de estar “engañando”, aunque lleves años escribiendo y, objetivamente, lo hagas bien.
La diferencia es que ahora ya no le hago caso.
Aprendí a defenderme, a transformar esa voz desagradable en un simple murmullo sin poder sobre mí.
Me sostienen estas certezas:
- Nadie verá mi primer borrador, y siempre puedo cambiarlo.
- No tengo que alcanzar ninguna meta concreta; basta con escribir lo mejor que pueda.
- Me publiquen o no, ya he ganado: me divertí escribiendo.
Recuerdo cuánto me asustaba la mirada ajena. Esa presión me paralizaba porque buscaba que otros me consideraran “buena”. Y pensaba: si no logro publicar en una gran editorial, ¿de qué sirve? Me exigía demasiado. Cada texto debía ser perfecto desde la primera palabra, brillante, inmaculado. Porque, según yo, tenían que publicarme.
Todavía no había comprendido algo esencial: ser escritora no depende de que te publiquen, sino de sentarse a escribir. Y así fue como muchos de mis textos se quedaban a medio camino.
¿Y cuándo volví a disfrutar? Cuando solté la pesada carga de la perfección y me permití escribir con menos exigencia y más libertad. Descubrí que la alegría de escribir nace cuando ya no te mides con la vara de la autoexigencia, sino con la del disfrute. Y, paradójicamente, fue entonces cuando empezaron a surgir mis mejores ideas.
Lo que estoy contando también les puede pasar a nuestros hijos. Incluso con una simple redacción escolar. Y si algo quiero transmitirles es justamente esto: que escribir no es cuestión de perfección, sino de atreverse. Lo importante no es que cada palabra sea brillante, sino que tengan la valentía de poner sus pensamientos en el papel. Que descubran el lado divertido de la escritura, sin sentirse presionados, ni por la comparativa, ni por lo que puedan pensar los demás, ¡ni siquiera por la nota que puedan sacar!
